Después de limpiar las mesas con desinfectante, Silvia se inclinó para atar una bolsa de basura llena de vasos y platos usados. La puso sobre su hombro y giró para inspeccionar el salón de usos múltiples de la iglesia. Se había ofrecido para limpiarlo antes del próximo encuentro y quería asegurarse de que estuviera listo. Un pensamiento le cruzó por la mente: ¿Alguien lo notaría?
Es fácil preguntarse si nuestras contribuciones cotidianas a la familia de Dios son valoradas. Ya sea que limpiemos, llevemos cuentas, dirijamos un estudio bíblico u ofrendemos, muchos permanecemos invisibles en nuestros lugares de servicio y sin reconocimiento público.
En Lucas 8:1-2, el historiador menciona el fiel servicio de mujeres en el ministerio de Jesús. Nombra a tres que fueron liberadas de espíritus malignos y enfermedades: María Magdalena; Juana, esposa de Chuza, quien administraba la casa de Herodes; y Susana. Luego, agrega: «Muchas otras […] atendían [a Jesús y sus discípulos] con sus propios recursos» (v. 3). Al destacar a estas mujeres anónimas, subraya su importancia.
Así como Dios incluyó a mujeres anónimas en su relato de contribuciones valiosas a su reino, también ve nuestros esfuerzos. Conoce nuestros nombres (Juan 10:3) y nuestra inversión en su obra (Hebreos 6:10).



