Todo empezó con un email de un padre afligido. Había perdido a su hija en un accidente automovilístico y necesitaba escuchar a alguien que comprendiera su dolor desgarrador.
Después de cuatro años y casi trescientos correos, Craig y yo finalmente nos reunimos. Su trabajo lo había llevado a una ciudad cercana, así que, un domingo, fuimos juntos a la iglesia, almorzamos y recordamos a nuestras hijas: dos jóvenes que hicieron felices a otras personas, les gustaba el voleibol, amaban a Jesús y, de manera inocente, perdieron la vida en accidentes automovilísticos.
Hablamos de nuestra tristeza, y lloramos. Pero, por sobre todo, hablamos de la esperanza verdadera basada en las promesas de Dios. Como explicó Pablo: «Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él» (1 Tesalonicenses 4:13-14). Para el creyente, más allá de la tumba hay vida: vida eterna.
Terminamos el día orando y agradeciendo a Dios porque nuestras hijas están seguras en sus brazos amorosos. Compartir el amor de Jesús une corazones y brinda esperanza en situaciones incluso desesperantes.



