En los últimos días de la vida de mi papá, una de las enfermeras pasó por su habitación y me preguntó si podía afeitarlo. Mientras le pasaba con suavidad la navaja por el rostro, explicó: «A los hombres de su generación les gusta afeitarse todos los días». Ella había visto una necesidad y actuó para mostrar bondad, dignidad y respeto. Su cuidado tierno me recordó a mi amiga Julia, que todavía le pinta las uñas a su madre anciana porque es importante que su mamá «se vea linda».

Hechos 9 nos habla de una discípula llamada Dorcas (también conocida como Tabita), que mostró amor haciendo ropa para los pobres (vv. 36, 39). Cuando murió, su habitación se llenó de amigos que lloraban a esta amorosa y servicial mujer.

Pero la historia de Dorcas no termina ahí. Cuando llevaron a Pedro donde estaba el cuerpo, él se arrodilló y oró. Con el poder de Dios, la llamó por su nombre y le dijo: «Tabita, levántate» (v. 40). Para sorpresa de todos, Dorcas abrió los ojos y se levantó. Cuando sus amigos se dieron cuenta de que estaba viva, se corrió la voz por el pueblo y «muchos creyeron en el Señor» (v. 42).

¿Y cómo pasó Dorcas el próximo día de su vida? probablemente igual que antes: viendo las necesidades de los demás y supliéndolas.

De: Cindy Hess Kasper