Cuando las mujeres de nuestro nuevo grupo de estudio bíblico se enfrentaron a una serie de tragedias, de pronto nos encontramos experimentando experiencias personales profundas. La pérdida de un padre, el dolor de un aniversario de bodas después del divorcio, el nacimiento de un hijo sordo, llevar corriendo a un hijo a una sala de guardia… todas experiencias demasiado pesadas para enfrentar solas. La vulnerabilidad de cada una llevó a más transparencia. Lloramos y oramos juntas, y lo que comenzó como un grupo de desconocidas se convirtió en un conjunto de amigas cercanas.

Como parte del cuerpo de la iglesia, los creyentes en Jesús pueden acompañar de una manera personal y profundamente a los que sufren. Los lazos que unen a los hermanos en Cristo no depende del tiempo que hace que se conozcan o lo que tengan en común. Más bien, hacemos lo que Pablo llama «[sobrellevar] los unos las cargas de los otros» (Gálatas 6:2). Con la fortaleza de Dios, escuchamos, empatizamos, ayudamos donde podemos y oramos. Podemos buscar formas de «[hacer] bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe» (v. 10). Así, cumplimos la ley de Cristo (v. 2): amar a Dios ya nuestros prójimos. Las cargas de la vida pueden ser pesadas, pero Él nos ha dado a la familia de la iglesia para alivianarlas.