En una oportunidad le preguntaron cómo hizo para superar su cuadriplejia y convertirse en la mujer que hoy es. Su respuesta fue la siguiente:

«Esta es la única vez en la historia en que puedo pelear por Dios. Esta es la única parte de mi historia eterna en que realmente estoy en la batalla»

Al leer está declaración recordé una verdad que muchas veces pasamos por alto: «estoy en medio de una batalla y debo luchar». De eso se trata la vida, no puedo esperar otra cosa de mi paso por la tierra. Muchas personas tienen un concepto equivocado de la vida. Algunos piensan que la vida es como un parque de diversiones, por lo que su valor primordial es la diversión. Otros visualizan la vida como una carrera, y el valor supremo de su existencia es la velocidad, siempre andan deprisa. También están los que creen que la vida es como una batalla. Para ellos ganar es lo más importante. Son personas altamente competitivas, y no hay nada de malo en que lo sean, el problema es que la gran mayoría de estas personas tienen un concepto distorsionado de lo que es ganar.

Es bueno pensar en la vida como una batalla, todos estamos inmersos en una. Pero ya que no puedo escapar de esta pelea inevitable ¡debo asegurarme de pelear por algo que realmente valga la pena! No quiero llegar a viejo, mirar para atrás y darme cuenta que estuve peleando batallas vanas, esforzándome por alcanzar cosas que en definitiva no eran tan importantes.

En el ámbito político se suele utilizar la frase «la madre de todas las batallas» para referirse a la batalla más importante de todas, aquella puja política que merece la mayor atención, la que debe llevarse los mejores esfuerzos. ¿Cuál es «la madre de todas las batallas» en tu vida?

En una sociedad que ha perdido sus valores es común encontrar gente luchando por cosas que no valen la pena. Seguramente conoces personas así; hombres y mujeres que utilizan todas sus energías vitales en perseguir fama, poder, bienestar económico, reconocimiento laboral, etc. Son luchadores de la vida que compiten legítimamente, utilizan lo mejor de sus fuerzas, trabajan con esmero, perseveran ante las adversidades… Y como consecuencia de todo esto ¡ganan la batalla! Sin embargo, el sabor del triunfo se desvanece rápidamente. Tras el efecto embriagante del «éxito» siempre queda la sensación de haber peleado la batalla incorrecta. Como aquel soldado que va la guerra, entrega sus mejores años a una causa por la que cree que vale la pena morir, y finalmente se da cuenta que en realidad esa causa no existía, que su país lo había llevado engañado al frente de batalla. ¡Que frustración!  Años de lucha, esfuerzo, desvelos, sufrimiento… todo por algo que no valía la pena.

Por eso, quisiera que reflexiones en esto: ¿por qué estoy luchando?, ¿cuál es «la madre de todas las batallas» en mi vida? La respuesta a esta pregunta determina tus verdaderos valores. ¿Qué es lo que se está llevando mis mejores energías? Tu respuesta determina tu definición de éxito. Quisiera compartirte la definición de éxito que hace un tiempo atrás decidí abrazar como mi definición de éxito. Me ayuda a mantenerme enfocado en la más importante de las batallas que entiendo debo pelear.  Ahí va:

ÉXITO: QUE AQUELLOS MÁS CERCANOS A MÍ SEAN LOS QUE MÁS ME AMAN Y RESPETAN.

«La madre de todas las batallas» es la batalla por nuestra familia. Aquellos más cercanos a mí son mi esposa y mis hijos. Ellos deben ser mi prioridad en la vida. Si ellos no me tienen en alta estima como esposo o papá, ¿de qué me sirve gozar de buena reputación laboral, o ser reconocido como un hombre próspero y de bien? Jesús preguntó: «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?» (Marcos 8:36). De esta definición de éxito se desprenden varias verdades que quisiera dejarte a modo de conclusión:

  • Lo más importante en la vida son las relaciones

Lo que realmente importa en esta vida no son las cosas, ni los bienes, ni los logros. Es bueno lograr cosas y tener cosas, pero si todo eso no va acompañado de relaciones interpersonales satisfactorias, comenzando por la relación con mi esposa y mis hijos, no sirve de nada. Todo menos relaciones satisfactorias es igual a cero.

  • Soy lo que soy en mi casa

Fuera de mi hogar pueden conocerme como alguien alegre, simpático y positivo. Pero si al entrar por la puerta de mi casa me transformo «mágicamente» en alguien amargado y gruñón al que solo le importa sentarse a mirar televisión, entonces eso es lo que en verdad soy.

  • Nadie va a pelear por mi familia

Por el contrario, todos intentarán robarme el tiempo que le corresponde a mi familia, aún cuando no se den cuenta, o lo hagan sin mala intención. En el trabajo, mis amigos, mis compañeros, en el club, en la iglesia, en redes sociales, la tele, la computadora, etc. Solo yo puedo librar «la madre de todas las batallas».

  • Mirar la vida de atrás hacia adelante me ayuda a cultivar valores

Cuando mi esposa Valeria y yo seamos viejitos y ya estemos muriendo, la mayor gratificación que aspiro recibir como coronación de una batalla bien peleada es escuchar de su boca estas palabras: «La mejor decisión que tomé en mi vida, después de haber aceptado a Jesús como mi Señor, fue haberme casado con vos». Entonces sabré que gané «la madre de todas las batallas».